Desde la ventana veo a dos niños jugando al futbol. No juegan como otros niños, desordenadamente. No gritan. Uno, con el número 19 estampado en una camiseta rosa y azul. Espera pacientemente a que el segundo, de negro y con el numero 22, regatee unos conos naranjas antes de disparar. Es fácil ver como mueve la pelota torpemente con los pies, porque sus cordones hacen juego con los conos. Chuta, pero 19 lo para y le vuelve a pasar el balón para que siga intentándolo. 19 está prácticamente oculto tras las ramas de un árbol seco.
Nunca me gustó el fútbol. De pequeño una pelota perdida en el patio del colegio me dió en la frente, caí para atrás y me golpeé la zona occipital de la cabeza. Tenía la cabeza especialmente grande incluso para un niño, lo que supongo que facilitó que la gravedad hiciera lo suyo. Me llevaron a la enfermería muy preocupados. Peguntaban constantemente si había perdido la visión. Nunca perdí la visión. Quiero decirle a 22 que no se esfuerce tanto. No es bueno jugando al fútbol. Que ocupe su tiempo en otra cosa. Ver como se esfuerza por hacerlo cada vez mejor me indica que podría ser el mejor haciendo cualquier otra cosa. El fútbol, a esas edades, es solo una trampa para ocupar su tiempo de atención. Si pudieran poner anuncios antes de un gol lo harían. De momento solo han monetizado sus camisetas.
Vuelvo a mirar y ya no hay niños, solo unos adolescentes bebiendo litronas performeando algún tipo de masculinidad que no parece apropiada. Al menos no lo parecía para 2024. Imagino que entre las dos escenas han pasado 10 años. Que son los mismos niños. Ahora no me parece tan preocupante que 22 jugara al fútbol porque tampoco había escapatoria para él. No parece culpa suya estar donde está. Así vemos el tiempo: hacia el futuro parece que nuestras decisiones nos llevarán a donde merecemos estar; hacia el pasado parece que poco podíamos haber hecho. Podría haberme quedado ciego.
Dicen que en una película nunca puede morir un niño. Que está prohibido. Eso me hace pensar en esas cosas que hacen los poderosos. Me hace pensar en Nickelodeon ¿Es todo aquello prohibido en las películas lo que hay que hacer para tener ese poder? ¿Debería 22 coger el balón con las manos para driblar los conos? Seguramente 19 le diría que las reglas no son esas. Pero si siguiera bloqueando los disparos, ¿Seguirían jugando? Quizás de repente 22 fuera muy hábil y pudiera marcar goles. Probablemente el juego continuara sólo un par de goles más hasta que 19 se enfadara y dijera que ninguno de esos goles vale, porque no se juega así, se diera la vuelta y se fuera a jugar con otros niños.
El otro día mi ex me dijo: “no es eso lo que había que hacer”. Lo dijo cuando le explicaba cómo, un día de after en su casa, me puse a escalar por el tragaluz de la escalera hasta llegar al ático. Iba pisando solo la barandilla sobre los escalones 2 y 4 porque era sobre los cuales no había espirales en la cenefa de la pared. No podía subir por las escaleras. Quería llegar al ático sin subir. Sin ascender. Así que fui horizontalmente a lo largo de la barandilla. Cuando llegué arriba había una puerta de madera cerrada con una pequeña ventana enrejada por la que entraba la luz. Una persona apareció por esa ventana y me dijo que me fuera. Le dije que solo quería salir a la azotea. Me dijo que no y llamó a la policía. Me preguntaron si me quería suicidar pero yo solo quería salir a la azotea. Vino el 112 y me llevaron en ambulancia. Si me quería suicidar tenían que activar un protocolo de emergencia y noseque otras historias pero vamos que solo quería salir a la azotea y nadie parecía dispuesto a dejarme. Parece que poco podía haber hecho.
“No es eso lo que había que hacer”. Podría decírselo yo a 19 cada vez que deja de estar tras las ramas del árbol. Al moverse para devolverle la pelota a 22. Pero si bajara a decírselo, el árbol seco estaría detrás de ambos así que él pensaría que estoy loco. Supongo que alguien que estuviera mirándonos desde arriba, tras el cristal de la ventana de mi casa, podría también bajar a decírnoslo a nosotros dos.
“No es eso lo que había que hacer”. Le pregunté si lo que había que hacer es hacer bullying a 22 por no hacer lo que hacen los demás. Si no tiraba ladrillos a los cristales con los demás niños de la isla de los juegos, como pinocho, o lo que sea. Me hizo recordar cuando ella ni siquiera sabía que era como 22. Supongo que quien se queda demasiado tiempo en la isla de los niños, tarde o temprano acaba siendo 19. Hasta Pinocho estuvo a punto de convertirse en burro.