jueves, 27 de septiembre de 2018

Ética I: Sobre la felicidad de Séneca o “el truco de la gran verdad que el otro desconoce”



Entiendo la necesidad de analizar el pensamiento a través del contexto de su época pero, debido a que las ideas que Seneca presenta sirven de fundamento para muchos de los argumentos que se exponen a día de hoy, me he tomado la licencia de atacar directamente el texto de forma ontológica.


Dice Séneca:
“Es feliz la vida que se asienta sobre principios rectos y firmes de modo inmutable. Pues entonces la mente es pura, libre de todo mal, capaz de es capar no solo a las heridas sino también a los arañazos. Dispuesta a permanecer siempre en su lugar y a reivindicar su puesto, aún frente a la fortuna colérica y enemiga”

Esta suerte de afirmación metafísica y doxológica se apoya en la perenne inconsecución del estado al que se refiere. En tanto y cuanto “principios rectos y firmes de modo inmutable” actúa de muleta teológica, ya que su cuantificación tiende al infinito. Esto es, sirve para sustentar el argumento ad ignorantiam en el que, si uno no es feliz es porque no ha alcanzado ese grado suficiente de “rectitud y firmeza” que se desliza inevitablemente hacia el infinito. Donde todo el razonamiento queda en suspensión a expensas de un acto de fé en la veracidad del argumento, que se revela por tanto, fuera de la lógica y dentro del dogma.

La problemática principal radica en que este ensalzamiento del ideal platónico, por naturaleza inalcanzable, de ser aceptado por un grupo lo suficientemente grande de individuos, puede establecerse como marco estructural de las relaciones de poder. Insertando una gradación en la que, cuanto más cerca del ideal socialmente aceptado (in extremis: Dios) se encuentra un individuo, más poder tiene sobre sus semejantes. Y, por lo tanto, cuanto más lejos de ese mismo ideal, mas cerca de lo inferior o desechable.

Así pues, esta lógica teológica acaba tornándose en el soporte del poder en sí mismo. Un ancla o bisagra que sirve para justificar la regulación de fuerzas sobre un vacío puramente doxológico y a la mano del sustento mismo del poder. Es decir, de quien lo maneja y controla.

Si bien este argumento podría pensarse como un exceso de suposición al referirse única y exclusivamente a la frase que abre este texto. El propio Séneca nos da, como veremos a continuación, muchas más claves para seguir desbrozando esta idea como fundamental y transversal a todo su discurso.

Tras hacer una confesión autoexpiatoria acerca del por qué él mismo no cumple con los preceptos de su propia doctrina (que podría haber resumido, siendo honesto, aceptando su imposibilidad lógica) Séneca nos confiesa: 
“y esa malignidad, teñida en abundante veneno, no me apartará de los mejores”
Aceptando, si bien tácitamente, que su discurso arraiga radicalmente en la fundamentación íntima del poder. A la que se adhiere. Y que legitima, de manera ultraconservadora, aduciendo que se adscribe a una tradición primordial garante de la virtud, que se remonta a Grecia y los antiguos. Un concepto que en realidad funciona como red de entramado social, que cohesiona las formas de poder adscritas a ella, e inducen a la sección (secta) entre los considerados “los míos” y los prescindibles “ otros” a través de la aceptación de unos fundamentos comunes, que, aunque de carácter teológico y por lo tanto inconsecutibles, nos sirven de marco para definir arbitrariamente quienes están “bajo la luz de la razón” -esto es: los que se adscriben a nuestras disquisiciones formales- o, de lo contrario, los que forman parte de un estrato inferior (o exterior/marginal). Legitimando así lo que, resumiendo,  Zizêk llamaría un “exceso de poder obsceno”.


Concluye Séneca: 
“Tampoco me impedirá continuar alabando una vida que no llevo, pero que debe llevarse”. 

O como resumiría el humorista Ignatius Farray: 
“Ir a misa, ir de putas, cocaína y luego votar”.

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