viernes, 7 de junio de 2019

Mística epitalámica y unitiva en la poesía trovadoresca


Mística epitalámica y unitiva en la poesía trovadoresca

“[N]osotros hemos aprendido a tomar fenómenos como las Cruzadas, la Inquisición y otras formas similares de persecución religiosa, por violentas que hayan sido, como etapas más o menos normales en el crecimiento de nuestra civilización. Generalmente no hemos pensado en que ellas podrían ser síntomas de una profunda patología espiritual que nos ha impedido vivenciar formas más auténticas de renovación.”[1]

Frederick Turner,
Beyond Geography


Consideraciones preliminares a cerca del misticismo:

Debido a la vaguedad del término “experiencia mística”[2] y a la variabilidad de significados, nos vemos en la obligación de definir terminología para evitar el uso indebido o las líneas de interpretación de su uso general.
En su sentido más amplio, “experiencia mística” refiere a una experiencia super senso-perceptual o infra senso-perceptual que nos otorga un conocimiento sobre el estado de las cosas que no es accesible vía percepción, modalidades somatosensoriales o introspección común, concretándose esta definición en la irreductibilidad de la sensación de unión radical en su sentido estricto. No explícitamente y únicamente con una entidad llamada Dios, sino más bien como una comprensión de trascender la dualidad, como podría ser en el caso del budismo.
Con super e infra senso-perceptual nos referimos a dos modalidades diferentes de experiencia mística. A saber, la extroversa y la introversa. La primera tendría lugar en el contacto radical con el mundo, mientras que la segunda tendría lugar en su ausencia, remitiendo al fenómeno conocido como “estados de consciencia pura” (o PCE por sus siglas en inglés), fenómeno que se relaciona con los estados alterados de conciencia inducidos por la meditación extrema, prácticas yógicas o enteógenos y psicoactivos.
Otros parámetros de clasificación de la experiencia mística son:
La concepción dualista o monista de la experiencia (la experiencia de Dios separado del mundo o una experiencia de unión radical).  Teúrgicas o no teúrgicas (cuando esta experiencia tiene una intención mágica, es decir de activación de lo divino, de modificación de “la realidad” o de la percepción del sujeto de la misma). Y apofáticas o katafáticas, es decir, cuando proveen de una experiencia positiva o negativa de la deidad. Revelándose por presencia o por ausencia.

Cuando hablamos de mística epitalámica nos referimos a un tipo de experiencia mística muy característica de la tradición occidental cristiana que parte de la concepción de separación radical entre el yo y la cosa amada (Dios) para intentar salvar esa distancia en una experiencia extática katafática, un matrimonio entre dos entidades, en principio, distintas. En contraposición con la tradición oriental que es unitiva y monista de base, ya que consideran que tanto dios como el mundo son la misma cosa y la experiencia mística sería tomar conciencia de formar parte de la experiencia de Dios. Este tipo de experiencia -la epitalámica- se dio tanto en el seno de la poesía trovadoresca -donde el otro era la Dama cortejada- como en los monasterios de mujeres, donde incluso se registra alguna experiencia erótica (de Eros) referida al sentimiento de penetración de Dios.[3] Transgrediendo así el límite de lo epitalámico para entrar en lo unitivo.[1] Es este acto de unión el que, acercándose al orientalismo, navega en la fina línea de lo que para la iglesia católica siempre ha sido considerado herejía. Pues el hombre nunca puede ser uno con Dios. Es esta diferencia entre la comunión con Dios y convertirse en Dios, el punto fundamental que utilizará la inquisición para discriminar entre experiencias místicas católicas o heréticas, un límite que se navega constante y peligrosamente en la poesía trovadoresca.




Introducción

Hablar de experiencia mística es hablar de experiencia estética, es decir, de la experiencia referida al mundo sensible -ya sea por exceso o por ausencia- que por su carácter inefable escapa el ser nombrada o comunicada claramente y que genera cambios sustanciales en la forma de percibir la realidad del individuo que la sufre. En el contexto en el que nos encontramos -la mística epitalámica y unitiva en la poesía trovadoresca- es precisamente ese término “sufre” el más apropiado para designar al tipo de experiencia a que nos referiremos constantemente. Pese a que la creencia popular entiende la experiencia mística como algo grandilocuente y extracorpóreo, un contacto con entidades deíficas o paranormales, en realidad, ésta puede ir desde algo tan simple como esa sensación de “eureka” de cuando varias piezas encajan, hasta el más sublime síndrome de Stendhal. Es por eso que hablar de mística es hablar de estética y hablar de estética es hablar de mística, por lo que, durante todo este trabajo, se estará haciendo alusión constante a esta relación ambivalente.

De cátaros a trovadores

En contraposición a oriente, donde se abraza una posición monista-unitiva con respecto a la deidad y hay una integración de ésta en el mundo, la realidad y en la propia experiencia yóguica. En occidente Dios siempre se manifiesta como la otredad. Será desde el mismo seno de la tradición judía donde se presentará a YHVH como ese gran otro, creador del mundo, protector y receptor de plegarias. Generando así una jerarquía irreconciliable entre cielo y tierra que llevará al desprecio por el cuerpo que caracterizó al cristianismo durante toda la edad media y que dió el marco propicio para la relación de vasallaje del código de caballería que se extenderá al mismo cimiento del amor cortés, donde lo amado nunca puede se consumado y siempre se revela por su ausencia.
Pero antes de entrar en materia démos algunas pinceladas de antecedentes históricos:
Parece que fue a partir de la conversión del emperador Constantino de roma en el 313 d.C donde la multiplicidad de sectas cristianas, sobre todo las gnósticas, quedarían reducidas (o desterradas) a una religión oficial literalista (que leía la biblia de forma literal y no en clave alegórica) que daría paso a la fundación del dogma de la iglesia católica. sería con la caída del imperio, en el 473, donde el dogma quedaría solidificado y sellado durante el milenio siguiente, cerrando la puerta a cualquier tipo de relación íntima con la deidad, de la que solo la institución podía ser garante. Quedando pues, entre el 450 y el 1050, un páramo donde no cabría concebir el mundo interior o el “yo” y donde la “persona”  de Boecio quedaría relegada a simple máscara y no a individuo.
Será a mediados del siglo XII cuando surgirá un nuevo código de caballería en contraposición con el antiguo que sustituiría las hazañas bélicas y militares propias de poemas como chansons de geste por el que se conocería posteriormente como el clásico amor cortes de relatos como Tristan e Isolda.[4] Donde la relación de vasallaje ya no se da para con el señor feudal si no para con la dama escogida, siempre inalcanzable, normalmente por ser la esposa del señor, pero, aún así, recipiente del amor y la lealtad del caballero como ese gran otro que la deidad impone.
Curiosamente, es también en ese periodo donde resurge la “herejía”, no porque esta no hubiera existido hasta entonces, si no porque el periodo comprendido entre el 450 y el 1050 d.C parece estar carente de cualquier tipo de interioridad, una ausencia total del “uno mismo” que no permitía la diferencia con la otredad necesaria para la aparición de la herejía como formato tácito de criminalización de la brecha dada entre el “yo mismo” y el otro. Parece que antes del 1050 los ejercicios místicos para la ascensión, de haber existido, se llevarían en secreto, lo que indica que la sociedad de entonces podría haber sido “gravemente esquizoide”.[1] Ya que, de puertas afuera, no había referencia alguna a la interioridad y fe y dogma parecían ser la misma cosa. Es precisamente a partir de este siglo XII donde la interioridad y el interés por la introspección, toman fuerza y renace con vigor el dualismo clásico que define a la sociedad occidental.
Será éste el marco propicio para la aparición de los cátaros[2]. Que se irían gestando poco a poco, desde principios del milenio, en el cruce de culturas que propiciaba la zona de occitania, al norte de lo que ahora conocemos como España y al sur de Francia.
Hacia 1200, todo Occitania sería una región cátara, de tradición dualista y de corte marcadamente herético en relación a la iglesia católica. Heredando, desde el sur, tanto la revitalización de la cábala, como el legado de la cultura arábiga. Se dice que, en esa encrucijada de culturas, los cátaros recibirían también la herencia de la tradición gnóstica más oriental, escindiéndose en sus prácticas de la iglesia católica, lo que los llevaría a su exterminio en una cruzada inquisitoria de 20 años que terminaría el 1244. Aunque su legado seguiría extendiéndose clandestinamente durante más de un siglo.
Parece que existe fundamento para argumentar que las practicas esotéricas de los cátaros tenían cierta continuidad con el gnosticismo del cristianismo arcaico, pese a que los documentos conservados son prácticamente nulos debido a la presión de la inquisición. Aún así, sabemos de prácticas yógicas, relacionadas con la respiración y el mantra con tal de alcanzar ciertos estados alterados de conciencia. Potenciados con ayunos y demás prácticas ascéticas y extáticas. Como podemos leer en la página 187 de Cuerpo y Espíritu: La historia oculta de occidente:


“En términos de similitud doctrinaria, el argumento a favor de una vinculación directa entre la herejía de la Alta Edad Media y el Gnosticismo de la antigüedad parece ser bastante sólido. Los mismos temas aparecen una y otra vez, y Runciman, por ejemplo, los ha usado para rastrear el catarismo, vía los bogomilos de los países balcánicos, desde fuentes maniqueas del siglo III y gnósticas más tempranas. En el siglo II, observa Runciman, Irineo llamó “Adeptos de la Gran Madre” a los iniciados cúlticos, y esta identificación de interioridad con la Diosa Tierra persistió hasta el siglo IV. Los adeptos también percibieron su práctica como estrechamente entreverada con la magia. Su forma de bautismo, por ejemplo, era una práctica mágica; y el indicado se convertía, mediante alguna forma de identificación directa con Dios, en una especie de mago. La organización Cúltica, desde Marción a Mani y a los bogomilos y los cátaros, dividía la iglesia en los Elegidos y los Creyentes (u “Oidores”) donde los Elegidos practicaban el ayuno, el vegetarianismo y la abstinencia sexual. En todos los casos, la doctrina clave era la de la luz aprisionada en la materia y de la salvación consistente en liberarla de su prisión. En el siglo X, las mismas doctrinas emergieron en la secta herética conocida como los bogomilos (literalmente, “Amados de Dios”) quienes alegaban que los sacramentos eran rituales vacuos y que la cruz no debía ser venerada sino despreciada. Muchos historiadores de la herejía creen que fueron los bogomilos los que, viajando a Occidente, establecieron allí la herejía cátara. Otros sostienen que ya había una tradición dualista nativa en Occidente, aunque, tal como Runciman, por lo general concluyen que esta tradición era continuamente reforzada desde Oriente.” P. 188 [1]


Así pues, podemos afirmar que el redescubrimiento de la “interioridad” entre el 1050 y el 1350 viene indisolublemente de la mano de los cátaros. Quienes reintrodujeron la mística más allá del dogma ritual de la iglesia católica, que a los ojos de los Perfectos (como se hacían llamar los Cátaros) era un “canal seco” puesto que era pura forma sin contenido, que no propiciaba la visión interior necesaria para el contacto con la deidad. Hasta ese momento, la absoluta falta de interioridad y de cualquier dinámica Uno mismo/otro, era imperante en el sistema medieval.
Será precisamente en occitania, cuna de cátaros, donde surgirá el amor romántico, en esa toma de conciencia del yo y el otro, el ser amado y la herejía como forma constitutiva del éxtasis. Incluso pese a que la tradición cátara incluyera la abstinencia sexual. Pues afirma Rougdemont[4] que muchos trovadores eran cátaros y sus letras eran formas veladas de contenido esotérico. Tal como sucedería en “el cantar de los cantares”[5] el canto al amor profano contenido en la propia biblia. Tesis que no parece exclusiva de dicho autor ya que Gabriele Rossetti en 1832 afirmaría que los trovadores eran miembros de una fraternidad anticatólica e incluso atribuiría a Dante, Petrarca y Boccacio su pertenencia a una “secta del amor” que se serviría del amor profano para propagar las creencias cátaras.[1]

“El amor feliz no tiene historia”

Es pues, un retorno a la embriaguez de eros, a través del mito de Lancelot y Ginebra, la que da pie al surgimiento del conocido amor cortés. Es a través de la aceptación de la dualidad, la incapacidad de conseguir aquello amado, donde se establece una relación adultera que, sumada a la ya perversa relación con la carne del marco judeocristiano, propiciará la máxima del sufrimiento como condición sine qua non para la ascensión, a imagen y semejanza de la pasión de cristo.
Es este amor, pues, una relación de vasallaje, no un amor desinteresado similar a Ágape.  Si no la matriz misma del “caer enamorado” -to fall in love- como la desgracia última e irreconciliable que desestabiliza la gravedad del mundo hacia un único centro gravitatorio, la cosa amada. Será este acercamiento a Eros y alejamiento de Ágape[3], lo que hará de este amor algo herético, puesto que, a pesar de su imposibilidad, la meta última es la unión. Convirtiéndose pues, en la experiencia religiosa última de la división de Dios y la contraposición dual que hay que conjugar en el camino a la ascensión o unión última con él, que, a priori, parece imposible. Se intuye aquí, aunque esto es añadido del autor y habría que corroborar históricamente los datos, la influencia cabalística que suponemos heredaron los cátaros en su contacto con el sur, Gerona y la península Ibérica. Cuna del zohar[6]. Pues se nos hace familiar la ascensión a través de los polos opuestos de la severidad y la misericordia a lo largo de las 11 sephiroth, con tal de conciliarlos en Kether, la corona, que da acceso a la iluminación. Al contacto con el Ain soph aur, o emanación directa del Absoluto.[4]
Vemos también un fuerte componente neoplátonico pues será en el Banquete[7] donde Platón, por boca de Aristófanes, afirmara que el amor es el “deseo y persecución del todo” es decir, el éxtasis de la unión con el Otro perdido. Subvirtiendo así la escalera de Platón y convirtiendo, como en un urobóros, el primer escalón en el último. Abriendo la brecha, si nos atenemos a los criterios teológicos de la época, al estado de anamnesis a través de Eros. El golpe necesario para la experiencia extática fuera de uno mismo. Que no hace falta aclarar, es el fundamento mismo de la herejía. La unión con Dios.
Es pues, el estado de conciencia alterado que proporciona el estar enamorado, el rito al que se adscribe, de forma mágica, el amor cortés y, por ende, el trovador.
Hay una subversión en el mismo seno del amor cortés de la estructura misma de la iglesia, puesto que es este carácter adultero y su imposibilidad, lo que dota de valor heróico al mismo y sobrepasa el valor de la unión matrimonial establecida por la institución (Ágape). Es Eros doblegando a Ágape. Es Herético, de base, en tanto que busca la unión con lo sagrado y es su misma imposibilidad lo que hace al héroe héroe. Es ésta la carga de su condena y lo que le conduce al entendimiento final (conoscenza, en provenzal). Es decir, es ese sufrimiento el que hace sabio al sabio. La búsqueda del grial, por Lancelote, que representa a la Gran Madre y, a su vez, el complejo de Edipo[8]. La aparición a escena de un eterno femenino reprimido hasta entonces. Un ánima[9] inalcanzable que ha de ser conciliada en el útero de uno mismo.
Pues esa experiencia mística, la inefabilidad del propio sufrimiento, lo que otorga el carácter heróico al protagonista. Lo que le dota esa mayor capacidad de discernimiento que lo hace fluctuar entre la iluminación y la locura. Puesto que, en occidente, el arquetipo del iluminado siempre es aquél que a través de su sufrimiento comprende los limites de la experiencia y es, siempre, más un desdichado que alguien gozoso de espíritu, a imagen y semejanza de Jesucristo. Nuestra gloria, en contraposición a Oriente, siempre es la tragedia de la pérdida.


De los Cátaros a la contemporaneidad

“Del mismo modo el amor a la Dama, a partir del momento en que deje de ser un símbolo de unión con el día increado, se convertirá en el símbolo de la imposible unión con la mujer; conservando de sus orígenes místicos no se sabe qué de divino, de falsamente trascendente. ¡Una ilusión de gloria liberadora cuyo dolor sería un signo más! Así se opera el trastocamiento trágico: superarse hasta unirse a lo trascendente cuando la meta ya no es la Luz y cuando se ignora el “camino”, es precipitarse en la Noche. La superación, a partir de ese momento, ya no es sino exaltación del narcisismo. Ya no se dirige hacia la liberación de los sentidos, si no a la dolorosa intensidad del sentimiento. Intoxicación por el espíritu” p.175[4]

Existe pues, en el seno mismo de occidente, la aceptación tácita de la ilegalidad en tanto que la subversión de las normas es tomada como acto heroico desde la misma matriz arquetípica que constituye nuestra cultura.
Es curioso, pues parece que es precisamente nuestra concepción dualista de la realidad y nuestro desprecio histórico por la materia, desde las tradiciones monistas y órficas hasta el neoplatonismo, la que proporciona el marco en el que ésta relación de enamoramiento pueda darse, pues en culturas monistas donde se acepta la materia como parte integrante de la deidad parece que no se da este tipo de enamoramiento, y en caso de darse, es, más bien, considerado como una enfermedad mental. Como el mito de Narciso.
Lo que esto creo que demuestra es que, en realidad, el enamoramiento occidental recae de forma radical en el acto en sí de estar enamorado, no en el amor por la cosa amada. Es, de facto, y aunque proporcione una apertura a la posibilidad del éxtasis puro -en un instante dado- un éxtasis auto referido, siendo fácilmente desviable a lo que cualquier místico denominaría un acto de magia negra. Pues el héroe es el amante, no la cosa amada.

Como afirma Denis de Rougdemont[4], es el enamorarse el único tipo de experiencia mística o extática que queda abierta a todo profano. Siendo este el germen de la única porción de libertad que nos es accesible desde nuestra subjetividad, la cuna de nuestra contracultura, que se genera en el interior hasta eclosionar en el mainstream, en un recurrente juego de bombeo que siempre eyacula hacia afuera desde el corazón más íntimo de nuestra sociedad. Nuestro amor profano, a la vez, el más íntimo e inalcanzable. Dejando tras de sí generaciones y generaciones de ídolos, de héroes occidentales que son héroes precisamente por su naturaleza trágica, por no haber podido salvar la distancia entre el amante y aquello amado.

Es pues, más que el amor por el otro, el amor por el propio amor lo que constituye foco fundamental del amor cortes, es una idealización salvaje de una forma de conducta que se incrusta hasta la médula misma de occidente, dejando de lado el valor del otro, incluso de lo amado, a cambio de un amor que siempre baila con el narcisismo, que se encarna en el otro pero que en última instancia siempre refiere al sufrimiento de uno mismo exaltando su naturaleza heroica. Es ese tipo de experiencia mística epitalámica, en el marco mismo de la división con el otro, donde se pone de manifiesto la locura de occidente, que nunca vive para la tierra ni para la carne, si no para y por sus convicciones metafísicas.
Donde no hay experiencia de unión, pues no hay nada que unir. Ya que, incluso la unión con lo amado es, simplemente, una misión heroica.




ANEXO: Sobre el cantar de los cantares y otras místicas epitalámicas

Y como el Ct es un «cuerpo erótico», (…) provoca siempre en sus lectores un constante enamoramiento; y porque toca al lector en lo más profundo de su sentido vital, el amor, ha merecido denominarse la «Carta Magna de la Humanidad» (Barth 354).[10]

Existen no pocos paralelismos entre todo lo citado hasta el momento y las practicas monacales de corte epitalámico de los conventos europeos, como podemos ver en La mirada interior: Escritoras místicas y visionarias en la edad media de Victoria Cirlot, que nos presenta como el ayuno y el aislamiento eran práctica habitual hasta experimentar, al borde de la muerte, la experiencia extática de Dios. Tanto en instituciones monásticas como con las conocidas monjas que se emparedaban en vida, con sólo una rendija para ser alimentadas, intentando librarse de la “cárcel del cuerpo”, poder experimentar esa unión con la deidad.[5]
Pero, si algo me ha hecho afirmar sin dudar la influencia Cabalística en la tradición Cátara y sobre todo, en la poesía trovadoresca, esto ha sido El cantar de los cantares. Sîr haššîrîm ’ašer lišlōmōh como se lo conoce en hebreo, y que es una formula tradicional para designar la excelencia, es uno de los libros canónicos de la biblia. Destaca por ser un canto al amor profano en medio de un texto de “altura” como son las sagradas escrituras. Que describe casi de forma muda pero absolutamente erótica, la acción de dos amantes que buscan, pero solo esporádicamente parecen encontrarse, en un movimiento continuo y perpetuo cuyo motor es el fin extático que constituye siempre el eterno comenzar.[11] Es pues, un antecedente indudable al amor romántico, velado de las más profundas enseñanzas esotéricas, al más puro estilo cátaro-trovadoresco. Revisitado continuamente en el resurgir de la cábala medieval, a través del zohar y de innumerables textos de la tradición judeo-cristiana. Un auténtico manual de mística epitalámica de antigüedad infechable.



Enlaces

Para ilustrar la relación entre la mística contenida en la poesía trovadoresca y el occidente contemporáneo a la que se hace referencia en “De los Cátaros a la contemporaneidad” este trabajo lleva adjunto una lista con 6 ídolos de occidente que representan el constante bombeo entre el yo íntimo de nuestra sociedad y su fagocitación como héroes del mainstream más pornográfico. “Así opera el trastocamiento trágico”: 6 ídolos, cada uno de su respectiva década, que cumplen a la perfección el camino arquetipo del trovador del amor romántico, que en su desesperación por comprender o hacernos comprender la chispa del momento de éxtasis, sucumbieron a la tragedia del héroe. Convirtiéndose en estatuas del panteón de nuestra locura inefable de occidente.


También se adjunta una representación del mito de Tristán e Isolda realizada por uno de los artistas de mi sello-colectivo Levógira.









Imagen de portada: La délivrance des emmurés de Carcassonne, Jean-Paul Laurens (1879)

Bibliografía


[1]      M. Berman, Cuerpo y espíritu : la historia oculta de Occidente. Santiago de Chile : Cuatro Vientos, 1992.
[2]      Stanford University. and Center for the Study of Language and Information (U.S.), Stanford encyclopedia of philosophy. Stanford University, 1997.
[3]      V. Cirlot and B. Garí de Aguilera, La mirada interior : escritoras místicas y visionarias en la Edad Media. Madrid : Ediciones Siruela, 2008.
[4]      D. de Rougemont and A. Vicens, El amor y Occidente. Barcelona : Kairós, 1993.
[5]      C. Galindo Ayala, “"Fray Luis de León y El Cantar de los Cantares. Paradigma místico-erótico en la tradición judeocristiana y clásica grecolatina",” Nueva Rev. Filol. Hispánica, vol. 65, no. 2, p. 441, Jun. 2017.
[6]      E. Cohen and A. Castaño, Zohar : libro del esplendor. Barcelona : Azul, 1999.
[7]      428 o 427 aC-348 o 347 aC Platón. and M. Sacristán, El banquete. Barcelona : Icaria, 1985.
[8]      S. 1856-1939 Freud, Totem y tabú ; Un Recuerdo infantil de Leonardo de Vinci / S. Freud. Madrid : Biblioteca Nueva, 1934.
[9]      C. G. (Carl G. Jung and L. Escolar Bareño, El hombre y sus símbolos. Barcelona : Paidós, 1995.
[10]    “Cantar de los Cantares. Sendas del amor (Nueva Biblia Española. Poesia) Jesús Luzarraga,” Biblica, vol. 88, no. 4, Jan. 2007.
[11]    L. O. Caldentey, “Comentario al Cantar de los cantares, TFG Humanidades Upf 2017-2018.” .
[12]    A. Crowley, Magia. Luis Cárcamo, 2006.



[1] Es bien conocida la experiencia extática relatada en La mirada interior: interior escritoras místicas y visionarias en la edad media de Victoria Cirlot y Blanca Garí de una monja que saboreaba centenares de veces el prepucio de Jesus como la experiencia más sublime jamás experimentada.
[2] y el primer paso para la desvinculación de los protestantes de la iglesia católica
[3] Donde Ágape representa el amor no apasionado, el estatismo del ritual y la forma, el dique seco del rito católico, frente al torrente de la pasión del enamoramiento sin condiciones de Eros
[4] Me permito afirmar la influencia de la Cábala en la práctica cátara ya que Morris Berman parece albergar cierta duda al respecto de la misma en el siguiente texto y, a mi juicio, las evidencias dadas, junto al paralelismo entre poesía trovadoresca y el cantar de los cantares me parecen más que suficientes para afirmar dicha influencia:

En términos de la práctica somática propiamente tal que precipitaba la experiencia visionaria, sería interesante saber si la práctica cátara dependía en algo de la cábala, que existía contemporáneamente en España, Provenza y Languedoc. Estas técnicas de ascensión, por ejemplo, son largamente analizadas en el místico Maase Merkabah (el funcionamiento del carro), que Gershom Scholem reproduce (en el hebreo original) en su libro Jewish gnosticism, Merkabah Mysticism and Talmudic Tradition (Gnosticismo judío, misticismo merkabah y tradición talmúdica), (…). El texto repite las fórmulas que se recitaban para generar una ascensión exitosa, y tiene largos comentarios sobre la manera adecuada de recitarlas. Estas oraciones consistían normalmente en largas tiradas de palabras sin sentido entonadas en patrones muy repetitivos, que ponían al orador en estado hipnótico.”  P. 191

Aunque más adelante añade:

“También es interesante observar que en el siglo XIII, Abraham Abulafia (cerca de 1240-92) dirigió en España un movimiento hacia la cábala extático-profética y describió en forma muy explícita las técnicas de ascensión. Estas incluían el uso de música y ejercicios respiratorios, la repetición de nombres divinos y meditaciones sobre los colores. Los sujetos relataban que veían destellos de luz, la aparición de un éter o aura y también la aparición de un guía espiritual interior. A mi me parece que ésta es evidencia somática directa de que tales prácticas se llevan a cabo entre los cátaros, sería de admirarse si tal no fuera el caso; hay demasiada evidencia circunstancial en contra.”

Practicas de este tipo también son muy comunes en las ordenes de carácter templario clásicas y modernas, como es el caso de la Orden de Templarios de Oriente (O.T.O) y organizaciones posteriores como la Golden Dawn y demás sectas ocultistas modernas. El ritual citado se inscribe dentro de un rito de magia abrahámica que recibe el nombre de “rito del acto conversacional con el santo ángel guardián”[12]
[5] Esta practica estuvo tan extendida que a mediados del siglo XVI fue prohibida por el arzobispo de Valencia.

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