miércoles, 24 de agosto de 2016

Mandala

"Había una vez un anciano curioso. Vivía en una caverna, donde se había retraído del barullo de los poblados. Tenía fama de hechicero y, por lo tanto, discípulos que esperaban aprender con él el arte de la hechicería. El mismo, empero, no pensaba en nada semejante. Solamente buscaba siempre saber lo que fuera que no sabía, y de lo que sin embargo estaba seguro que siempre acontecía. Ahora, cuando hubo ponderado muy largamente sobre lo impensable, no pudo ya arreglarse en su molesta situación de otra manera que tomando un lápiz rojo y haciendo toda clase de dibujos sobre las paredes de su caverna para, de ahí, hallar cómo podría verse aquello que no sabía. Después de muchas tentativas llegó al círculo. "Esto es correcto", sintió, "y aún un cuadrado dentro", y así era todavía mejor. Los discípulos estaban curiosos; sabían empero solamente que algo pasaba con el anciano y hubieran averiguado de muy buena gana lo que realmente hacía. Así, le preguntaron: "¿Qué haces pues, ahí den­tro?" No dio empero información alguna. Entonces descubrieron los dibu­jos en la pared, y dijeron: "¡Esto es!" e imitaron los dibujos. Con ello, sin notarlo, invirtieron el proceso íntegro: anticiparon el resultado y espe­raron forzar, con esto, también aquel proceso que justamente había lleva­do a ese resultado. Así fue entonces y así pasa hoy todavía."

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